Cada uno con una personalidad, edad, e intereses diferentes, conviviendo bajo el mismo techo y compartiendo los mismos padres: Tarea nada fácil, ¿no?
Los seres humanos somos competitivos y esto, en cierta medida, es positivo. Los adultos, en el mejor de los casos, aprendimos a hacerlo de manera socialmente aceptable. Los chicos tienen que aprenderlo, a puntos de vista diferentes hay que encontrar un punto de equilibrio. Esto implica ponerse en el lugar del otro, tarea que, como padres, debemos enseñar y nada mejor que demostrarlo con el ejemplo en nuestro accionar diario.
Es normal que los niños discutan, rivalicen y se peleen. Hay que darles estrategias para que vayan encontrando cada vez mejores maneras de hacerlo y que puedan llegar solos la solución a estas diferencias.
Pautas de convivencia, claras y consensuadas pueden favorecer este aprendizaje.
Cada uno de los hijos lucha por encontrar “su” lugar en la familia, la rivalidad responde a querer ser el preferido, a tener la atención de los padres. Aparecen necesariamente los celos. El egocentrismo, propio de la infancia, les dificulta el compartir (juguetes, espacios, en definitiva el amor de los padres).
Estrategias a tener en cuenta:
• Cada hijo es un ser único y debe ser tratado de manera particular.
• Las comparaciones por ende no son válidas y hacen daño. Resaltar lo positivo de cada uno ayuda a construir su autoestima.
• Cada hijo tiene sus propias necesidades (no hacer lo mismo para todos)
• Enseñarles a discutir, escuchando al otro e intentando resolver los conflictos que se presenten. Enseñar a poner en palabras los sentimientos evitará que los actúen.
• Respetar los gustos y preferencias de cada uno. Dedicarle tiempo exclusivo compartiendo con cada uno actividades diferentes.
viernes, 25 de junio de 2010
viernes, 28 de mayo de 2010
Lenguaje, vehículo del pensamiento
En mis prácticas cotidianas cada vez me encuentro con más niños que hablan de un modo peculiar. Utilizan un lenguaje televisivo, neutro como en los dibujitos animados. Expresiones como: “vete, estoy enfadado”, “quiero más pastel”, cometa en lugar de barrilete, púrpura y no violeta y tantas expresiones más, son frecuentes de escuchar en niños pequeños hoy en día. Si bien este puede ser el síntoma de una patología específica, no lo es en la mayoría los casos.
¿Qué lugar le cabe a la televisión en el contexto familiar? ¿Es posible que ésta tenga más peso que la lengua materna? Tengamos en cuenta que hoy, si uno tiene cable, la oferta de programas infantiles es de 24 hs. y, en su mayoría, se trata de programas de origen extranjero y doblados al español en un estilo que poco tiene que ver con el habla de los argentinos.
En mi época sólo teníamos dibujitos animados dos horas por día y nadie debía “jalarnos” de enfrente del televisor para ir a andar en bicicleta.
Recuperar el diálogo en la familia, momentos de encuentro, lectura de cuentos, juegos de adivinanza, rimas, nanas, es una meta a alcanzar a la vez que limitar las horas frente al televisor y ver el contenido de aquello que les permitimos ver.
El lenguaje se adquiere en un intercambio con el contexto y una de sus funciones es la comunicación. Frente al televisor no hay intercambio posible, el niño adquiere una actitud pasiva, sin ida y vuelta.
La comunicación requiere la comprensión de aquello que me dicen y mi aporte adecuado, supone turnos, ritmos, tonos, contexto.
Es por ello que es tan importante la estimulación lingüística en los primeros años de la infancia.
Recordemos que el lenguaje es el vehículo del pensamiento.
¿Qué lugar le cabe a la televisión en el contexto familiar? ¿Es posible que ésta tenga más peso que la lengua materna? Tengamos en cuenta que hoy, si uno tiene cable, la oferta de programas infantiles es de 24 hs. y, en su mayoría, se trata de programas de origen extranjero y doblados al español en un estilo que poco tiene que ver con el habla de los argentinos.
En mi época sólo teníamos dibujitos animados dos horas por día y nadie debía “jalarnos” de enfrente del televisor para ir a andar en bicicleta.
Recuperar el diálogo en la familia, momentos de encuentro, lectura de cuentos, juegos de adivinanza, rimas, nanas, es una meta a alcanzar a la vez que limitar las horas frente al televisor y ver el contenido de aquello que les permitimos ver.
El lenguaje se adquiere en un intercambio con el contexto y una de sus funciones es la comunicación. Frente al televisor no hay intercambio posible, el niño adquiere una actitud pasiva, sin ida y vuelta.
La comunicación requiere la comprensión de aquello que me dicen y mi aporte adecuado, supone turnos, ritmos, tonos, contexto.
Es por ello que es tan importante la estimulación lingüística en los primeros años de la infancia.
Recordemos que el lenguaje es el vehículo del pensamiento.
Lic. Victoria Mulhall
lunes, 10 de mayo de 2010
Cuál es la mejor edad para comenzar a leerle a los niños?
Gracias Graciela por tu comentario!!! Además de tu "chochera" de abuela te cuento que los chicos comprenden mucho antes de lo que hablan. Seguramente tu nieta comprende y disfruta no sólo del contenido sino del vínculo, la entonación y el placer que le transmitís en ese momento. Muy pronto te vamos a agregar algunas rimas, te lo prometo!!! Victoria
sábado, 8 de mayo de 2010
Leer a los niños menores de 6 años, ¿qué beneficios crees que aporta?
Es evidente que somos los adultos los mediadores entre la lectura y los niños.
¿Qué recuerdos tienen ustedes de los primeros contactos con los cuentos?
Personalmente, recuerdo a mi tía Loly cuando me quedaba a dormir en casa de mi abuelita. Conservo esos momentos como un tesoro de mi primera infancia. Antes de dormir, el ritual era la lectura de un cuento que, con entusiasmo, esperaba y disfrutaba.
Como ven, reacato ese vínculo afectivo que se establece entre el lector y el niño. Vínculo que deja huellas y que, de algún modo, hace que seamos estos que hoy somos.
Pero hay muchos otros beneficios, ¿se animan a que los pensemos juntos?
¡Sería muy grato que compartieran sus experiencias!
¿Qué recuerdos tienen ustedes de los primeros contactos con los cuentos?
Personalmente, recuerdo a mi tía Loly cuando me quedaba a dormir en casa de mi abuelita. Conservo esos momentos como un tesoro de mi primera infancia. Antes de dormir, el ritual era la lectura de un cuento que, con entusiasmo, esperaba y disfrutaba.
Como ven, reacato ese vínculo afectivo que se establece entre el lector y el niño. Vínculo que deja huellas y que, de algún modo, hace que seamos estos que hoy somos.
Pero hay muchos otros beneficios, ¿se animan a que los pensemos juntos?
¡Sería muy grato que compartieran sus experiencias!
martes, 4 de mayo de 2010
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